domingo, 28 de febrero de 2016

QUIERO VIVIR, QUIERO SENTIR


Sus palabras sonaron tan frías dentro de su seca y áspera tonalidad de voz como el clima de su tierra, óptima para curar jamones pero letal para la cálida sensibilidad. Se saludaron en el exterior de la puerta del bar donde habían tomado un café con leche, había dejado de nevar pero tanto aquel último adiós como la sensación térmica creaban una situación heladora. 
A veces parece que es el destino el que nos pone ante experiencias duras, pero otras veces somos nosotros los que las buscamos hasta que damos con ellas, sobre todo porque hemos aprendido a dañarnos, a sacrificarnos como mártires o a flagelarnos como el más ferviente seguidor de la Pasión Viviente en Semana Santa. 
¿Hay alguien que quiera vivir? vivir es llorar, reír, comer, beber, tener sexo, amistades, pero ¡ojo! las amistades y el sexo como el vino, poco y de calidad, esto no es para siempre, el viaje se acaba como en las barracas, y cuando te tienes que bajar lo mejor es que el último latido del corazón deje perfume de felicidad, de libertad, de vida. Ya se encarga la desconocida eternidad de marchitarla como el invierno hace con las alegres y primaverales margaritas. 


miércoles, 17 de febrero de 2016

FUERTE EMOTIVIDAD




Las emociones, sean negativas o positivas, cuando se viven de manera más intensa de lo normal son una verdadera cruz para la persona que lo tiene que soportar. Ser muy emotivo es casi una condena a muerte. Todo se volverá o blanco o negro dentro de un estado de inmensa confusión, porque los extremos se tocan pero son opuestos y la contrariedad lleva a sombras incomprensibles, al caos y a la falta de paz y armonía. 
Vivir sin emociones sería como estar en coma, pero saber controlarlas es imprescindible para ser feliz y para ello hay que dar marcha atrás en los pensamientos, pasarlos de negativos a positivos para no crear una reacción impulsiva e inesperada. El vacío existencial que deja una fuerte emoción cuando esta desaparece es tan grande que a veces se llena con actividades poco productivas o recomendables, porque se trata de llenar ese vacío con la mayor celeridad posible para dejar de sentirlo, para no sufrir esa angustia punzante, y entonces no se aplica un filtro de calidad, sino que todo vale, con tal de llenar ese hueco que la fuerte emotividad produce cuando se desvanece como el sol de un atardecer para dar paso a la oscuridad.

lunes, 8 de febrero de 2016

¿VIVIR PARA DISFRUTAR?


"La vida es para disfrutarla y no para sufrirla", esta frase ha llegado a mis pensamientos a través de un mensaje. Hay mucho para analizar en esta cita aparentemente simple. 
La vida ante todo y sobre todo es para vivirla y vivir la vida implica inexorablemente sufrimiento. La vida tiene un destino trágico que es la muerte, por tanto, desde que nacemos ya tenemos un dilema que nos creará dudas y miedos existenciales.
Disfrutar la vida es algo muy subjetivo porque cada uno la disfruta de una  manera diferente, y esta acción placentera es muy efímera por lo que no puede ser la base de la felicidad, es decir, de una vida lo más completa posible y satisfactoria.
Precisamente es el sufrimiento el que nos hace pararnos a pensar que algo no marcha bien y que hay que dar un giro, que hay que realizar algún cambio en nuestras vidas, enfrentarnos a los miedos y superarlos para desarrollarnos y evolucionar como personas. 

¿Cómo vas a conocer el placer sin saber lo que es el dolor y viceversa? uno implica al otro.
Pero el dolor es más motivador, nos impulsa a tomar cambios y decisiones aprendiendo de los errores, levantándonos de las caídas. El placer dura tanto cuanto el último suspiro de vida; el sufrimiento es tozudo, se queda ahí hasta que no te decidas a escoger, a decidir, a ser responsable de ti mismo.
La actual sociedad vive una inmensa crisis de valores humanos porque es básicamente hedonista, pero como todo es cíclico está condenada a cambiar; poco tiene que ver el concepto de felicidad (que existe) con el del disfrute banal, casual, esporádico y que a las personas más sensibles solo les deja una huella de vacío existencial.