sábado, 11 de diciembre de 2010

BEGUR


Casi casi me cuesta escribir en mi lengua materna, la he dejado en desuso por un interés irracional por otros idiomas. Estos días de atrás he tenido la oportunidad de visitar un pueblo elegante, de rancio abolengo, un pueblecito de la comarca catalana Empordá, un coqueto lugar que no ha conocido el "feinar", el faenar cotidiano de los campesinos, ha sido tradicionalmente zona de bienestar, y por lo que veo, lo sigue siendo. Sus calles, limpias y ordenadas, con una canalización para las aguas a "la francesa" lucen orgullosas y con discreción unas casas que nacen del producto principal de esta tierra: la piedra de Begur, una piedra rocosa y dura que nada tiene que ver con las areniscas de la zona de Burgos. Una piedra que no se deshace ante la mirada de los visitantes que la desafiamos con nuestras ojeadas.

La tramontana, el viento que juguetea entre las ramas de los árboles y las manchas de una luz de media tarde, es el viento que dicen, vuelve loco a más de uno, de ahí la expresión "tocado por la tramontanta". La tramontanta, acerca a mi olfato el olor de hierba quemada, el olor de unos turistas de habla castellana que ruidosamente y con la alegría que desprenden las familias con niños recogen los bártulos para volver a su hogar, el olor del mar que queda relativamente cerca, el olor de un restaurante que hoy no sirve comidas porque es fiesta y el olor de la piedra que nace de las entrañas de un pueblecito que luce una belleza de competición. Podría competir con Sant Paul de Vence en la Provenza tranquilamente, incluso resultar ganador porque combina con elegancia sencillez y color.

El silencio, la ausencia de ruido dañino para nuestros sentidos, se hace presente en Begur, el silencio adquiere la forma de un agradable silbido presidido por el sonido del movimiento de las hojas de los árboles, hojas que se están cayendo o que se tienen que caer, incluso hojas que se resisten a dejar las ramas, las denominadas hojas perennes.

La luz, una luz proyectada por un sol débil de otoño y que camina inexpugnablemente a la oscuridad ilumina como un faro cada rincón de este pequeño paraíso catalán.

Los rayos tenues de sol, el viento enloquecido que calienta los sentidos del más insensible, los pasos curiosos que van dejando un rastro de experiencias inolvidables al pasar, las miradas discretas que no se cruzan con los vecinos que, continuan con su vida cotidiana sin darse cuenta de que, de vez en cuando, llega alguno de fuera.

La iglesia, una gran edificación de piedra que no he visitado por motivos de desinterés personal, me hace sombra mientras degusto pà amb tomàquet y unas anchoas, momentos de placer, momentos que no se deberían acabar nunca, o quizás lo bueno es que se acaban y tenemos la esperanza de que algún día volverán.

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