lunes, 14 de julio de 2014

LA CULPA DE LA TRAGEDIA

Era una mañana soleada de Agosto, hacía calor, tiempo de vacaciones. Tina se despertó con la alegría que se despiertan los niños, sin ninguna sensación de peso ni responsabilidad acuciante. Los rayos de sol que penetraban como misiles entre las rendijas de la persiana levantaron sus largas pestañas.
Tina tenía un hermano mayor y otro más pequeño que ella. El mayor le llevaba siete años, el suficiente tiempo para que ya estuviese más desconectado del mundo familiar y pasase más tiempo con sus amigos y compañeros de juegos.
Tina era una niña tímida, solitaria, solía jugar sola con sus muñecas, su hermano pequeño tenía dos años y ella seis, no compartían los mismos gustos en el infantil mundo de los juguetes, pero de vez en cuando dibujaban juntos, Tina era muy paciente enseñando a Adrián a diseñar, y tenía que soportar que le estropease todas sus obras de arte.
Aquella soleada mañana, Tina se levantó de golpe de la cama, se puso el bikini y gritó a los cuatro vientos que quería pasar el día en la playa y saltando por encima de las olas.
Sus padres y Adrián aún se agarraban a las sábanas pero pronto empezaron a sentir ellos también el calor de un día de sol. Primero se levantó su madre que cambió el pañal al hermano pequeño, después su padre y su hermano mayor. Se reunieron todos en la mesa del comedor para desayunar, cacao con leche para los niños grandes, café con leche para los papás y el biberón de leche para Adrián. Eso sí, todos compartieron galletas.
Quique, el hermano mayor aclaró antes de que le preguntaran por sus planes del día, que él había quedado con unos amigos para ir en bicicleta a dar una vuelta. A Tina le entristeció pero ya estaba acostumbrada a la ausencia de su hermano mayor, así que enseguida se alegró de nuevo y siguió con su propuesta de pasar el día en la playa. Sus padres, un poco perezosos, al final, accedieron a sus ruegos. -"Está bien, iremos a la playa, pero antes dejadme una hora para que prepare todo"- concluyó su madre.
Dos horas y media más tarde, casi a mediodía, cuando el sol más calienta, ya estaban todos montados en el coche familiar camino de la costa, Tina saludó a Quique desde la ventanilla del vehículo mientras se alejaba en bicicleta en dirección opuesta al coche en el que iba toda la familia menos él.
-"Tengo que pararme en la gasolinera, no llegaremos hasta el mar con lo que tengo en el depósito"- dijo su padre.
La gasolinera era la de siempre, la que está cerca de casa, la habitual.
-"Ufff qué rollo, parar para coger gasolina, bueno, menos mal que no hay mucha cola"-pensó Tina pegada a su muñeca preferida: Minú.
Su padre se bajó del coche para atender al empleado de la gasolinera, ella jugaba con Minú, su madre se daba unos retoques al peinado en el espejo del asiento delantero. 
Todo transcurrió en décimas de segundos, rápido, veloz, como corriendo hacia un destino marcado que no podía esperar...Adrián empezó a gritar, tenía sed, su padre, que se irritaba fácilmente bajó al niño del coche para que le diera el aire, Tina también se bajó porque quería hacer pipí y porque no funcionaban las pilas de Minú, su padre, de carácter irascible, le espetó que no podía atenderla en ese momento y que fuera donde su madre, en ese mismo instante un camión que pasaba por la autopista sonó el claxon y Adrián desapareció entre sus ruedas...lo que viene después es una retahíla de sentimientos de culpabilidad para toda una vida marcada por una tragedia sin culpables.

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