domingo, 6 de octubre de 2013

KING KONG Y LA BRUJA ZURIÑE PARTE IV


[...]"Cuando las puertas se cierran, se cierran para siempre y ya no se vuelven a abrir", le espetó King Kong a la bruja Zuriñe, mientras comían y se le dilataban las venas del cuello bajo un rostro congestionado. El peludo gigante estaba realmente enfadado por la inesperada reacción de su diminuta compañera, evidentemente, ella no quería volver a sumergirse en el arrastrado mundo de los hechizos y pensó que para poder acabar con todo aquello, lo mejor sería deshechizar al propio King Kong. Así, la lista brujita, controlando una incesante sensación de pánico, le dijo una retahíla de cosas en el lenguaje de las brujas, que el mismo ogro no podía entender y no daba crédito a lo que estaba sucediendo.  
Aquel día era un día diferente, otros días, intercambiaban miradas de ternura, entrelazaban sus manos, incluso el gesto común de King Kong de aplicar la mano a la oreja izquierda, torciendo al mismo tiempo la cabeza hacia Zuriñe, porque evidentemente tenía problemas de audición o porque la fina voz de la brujita no llegaba hasta sus oídos, desapareció, aquel día se quedó estupefacto con las palabras decididas y seguras de Zuri. 
A Zuriñe se le cerró de golpe y porrazo el estómago, mientras que el ogro seguía comiendo como si sus sentimientos estuvieran congelados o, lo peor aún, como si nunca los hubiera tenido. 
El hechizo se acabó, Zuriñe se convirtió en lo que quería ser, un ángel, y King Kong volvió a la selva, eso sí, en bicicleta y con su traje y corbata, y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Moraleja: El hábito no hace al monje.

No hay comentarios: