sábado, 27 de octubre de 2012

LA VIDA EN EL CAMPO

Mucha gente sueña con vivir en una casita en el campo, retirados del mundanal ruido. Piensan que despertarse cada mañana por los tímidos rayos de un sol tibio que se abre paso entre las rendijas de la persiana y comenzar el día con el griterío de una manada de pájaros que revolotean nerviosos entre las ramas de unos árboles, sea lo mejor para relajarse. 
A mí me estresa, después de unos meses de retiro no aguanto más. Echo de menos asomarme a la ventana de un edificio alto con una taza de café en la mano y ver pasar gente variopinta y distraída cruzando un semáforo. Adolescentes que cargan con sus mochilas para ir al cole, comerciales con un móvil pegado a la oreja, un parado que va a probar suerte en el juego y entra en la administración de lotería que hace esquina con el bar de una calle que se adivina larga y concurrida. 
La gente de los pueblos, la gente de campo, suele ser gente ruda, sin pulir, es gente que cultiva pero que no está cultivada, aunque tengan otras virtudes, uno se siente en cierta manera perseguido por un único objetivo que capta a larga distancia: el chismorreo.
El encanto de las grandes ciudades es que estás en compañía pero nadie se fija en ti, pasas desapercibido como todos los demás. Me gusta esta independencia existencial, seguramente porque es el hábitat en el que he crecido y al que me he acostumbrado.

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