viernes, 3 de agosto de 2012

TARDE DE FOTOS


Un escritor de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, Josep Pla, según me comentaron, definió al pueblo de Begur como un pesebre con malas figuras, o algo por el estilo.
Aquellos tiempos en los que mi existencia tuvo el honor de pasearse por las elegantes y a su vez pintorescas calles de este pueblo empordanés, forman parte de un pasado que quedará inerte entre candelabros dorados, como si de un cadáver importante se tratara.
El presente es imponente y arrogante, en el instante de hacer algo, de acometer una cosa, nuestra inteligencia se aleja para dejar paso a las pasiones que gobiernan nuestras acciones.  En el anuncio publicitario de las máquinas de tabaco, advierten, de una forma casi terrorista, de que "fumar  mata", en cambio, si nos fijamos en la imagen que acompaña a esta frase real y aguafiestas, aparece un guitarrista a pecho descubierto que parece dispuesto a comerse el mundo, a beberse ríos de alcohol y a fumarse todos los campos de la mejor hierba para asumir con coraje este mundo de color ceniza, como la que deja el tabaco, paradojas de la
publicidad más subliminal. Nos incitan al descontrol, a dejarnos llevar por las bajas pasiones con una imagen que encabeza una frase que significa todo lo contrario. La estupidez humana es más grande que el Océano y el egoísmo más duro que el mineral. De todas formas, es sólo una opinión, las calles están bombardadas de carteles publicitarios que incitan a una vida insalubre, pero insisto es mi opinión, quizás alguien lo vea desde otra perspectiva, yo soy solo una feroz individualista.
Hoy he salido a hacer unas fotos a los rincones que atiraban mi atención por algún motivo
que yo misma ignoro. Mientras disparaba con la cámara de la manera más discreta posible, 
he recordado lo que pensaba Josep Pla de Begur: un pesebre, lo de con "malas figuras" no lo añadiría en este caso.
Laguardia no se puede comparar a Begur en belleza, las casas empedradas de l'Empordà, bien construídas, que desprenden olor a "pela" nada tienen que ver con las casas humildemente conservadas de los labradores alaveses, que a su vez, serían las figuritas de un belén más insignificante pero apreciado por un turismo atraído por la sencillez de la contemplación de la naturaleza, que es lo que en definitiva, nos consuela del trato con los hombres, al menos, así lo consideraban los clásicos. 
La vida me está enseñando a ser una desengañada y a sentir la realidad como lo que es: presente en tiempo y en espacio.

Vivo condenada por la enfermedad de la perfección, aunque en ocasiones sea distraída y descuidada, me gusta Mozart y la crisis financiera me hace dar al simple hecho de vivir toda la importancia que tiene.



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