martes, 28 de febrero de 2012


Estimados e inesperados lectores, he desconectado el cable que conecta y aísla al mismo tiempo de las relaciones sociales, por un tiempo. En estos días he vuelto al período en el que los pequeños detalles no pasan desapercibidos, sino que se perciben mejor, como si con una lupa fueran minuciosamente observados. Cuando percibo un instante, un momento, es como si mi vista quedara cegada por el flash de una realidad que ya no se vive con calma, sino para obtener un provecho, lo que pienso que incluso haya tenido consecuencias económicas en la sociedad. 
No me explico por qué los individuos de esta sociedad tienen que comunicar en cada momento de manera pública, haciendo uso del gerundio, y valga la redundancia, lo que hacen a cada paso a través de las llamadas “redes sociales”. Pondré un ejemplo: “Mirando al mar un día de fiesta”, “haciendo gimnasia para bajar los excesos de la Navidad”, “paseando por….” Yo me pregunto: ¿por qué esta necesidad de comunicar a cada minuto lo que hacemos? ¿La vida privada no va vivida en privacidad? Esta gente (entre la que me incluyo) consigue hacer algo junto a su familia, amigos, compañeros sin comunicar con gerundios a extraños que no han visto en su vida y probablemente nunca verán? ¿Qué está pasando? ¿Cómo se percibe la intimidad, la privacidad, a día de hoy? ¿Evitamos una realidad que no nos satisface para conectarnos al vacío? No lo sé, son preguntas sin respuesta pero quizás algún lector sepa contestar. 
Escribo en castellano sin ningún motivo en especial, es la lengua que he elegido quizás para sentirme más cerca de mis raíces natales. 
Estoy en estos momentos en un pueblecito de la Liguria italiana. La temperatura es muy agradable, casi roza los veinte grados. Desde la ventana veo una colina por donde descienden en hilera unos olivos, que como decía Josep Pla, cuando sopla la tramontana adquieren un color plateado, es muy sencillo, las hojas volteadas por el viento dejan ver su cara más brillante. 
Por otro lado se divisa el mar, sin encrespamientos, calmo, sereno, que refleja los destellos de un sol de febrero, mes más corto que los demás, que al inicio nos ha dejado nieve y ahora nos muestra su lado más templado y amable. 
El pueblecito se llama SORI, como la mayoría de los lectores sois catalanes, os diré que a Sori hay que venir, de la misma manera que a Begur hay que llegar, no son zonas de paso, si se quiere estar en estos lares, hay que venir y hacer un esfuerzo que no requieren las zonas de paso.
Mientras Begur tiene claramente influencias de la sobriedad francesa y parte del color del pueblo indio, Sori tiene más color que simplicidad, pero mantiene la austeridad y solemnidad de la Riviera Ligure. Ventanas verdaderas y falsas pero pintadas se erigen en paralelo en la misma fachada. Aceras estrechas, en las que si nos tropezamos con un desconocido vecino o pasante, saludamos por educación y cercanía física. En estos rincones nadie es un objeto más del paisaje, la despersonalización de las caóticas y grandes ciudades se desvanece en un têt à têt a tet templado que calma los nervios tensos de la musculatura.
El cementerio, el lugar donde reposan las almas de los cuerpos que han dejado de tener vida, es un lugar privilegiado y en riesgo de desaparición en Sori. Los restos mortales descansan en un edificio que sembra compuesto de pequeños apartamentos (nichos), que con una mirada cómplice y silenciosa esperan a sus allegados que no les olvidan. El sonido del romper de las olas contra las rocas que sostienen el cementerio es el que interrumpe este silencio cómplice. Unos cipreses puntiagudos mirando al cielo vigilan esta silenciosa comunidad como el portero del barrio más prestigioso, con respeto y asintiendo cada llanto, cada momento desesperado que se produce en el interior.
El Señor Piaggio, que respira con dificultad gracias a una bomba de aire que lleva en sus espaldas en una mochila, de la misma manera que otros llevamos una cámara fotográfica o un ordenador, me da una lección de educación sobre los hijos y al mismo tiempo, con la amabilidad que caracteriza a los señores de un tiempo, me ofrece un café y una bebida sin alcohol, para seguir una conversación agradable a pesar de la diferencia de edad, cultural etc…El Señor Piaggio iba a visitar a su difunta esposa en el cementerio, cuando mientras hacía la foto me dijo: “haz las fotos ahora,mientras el cementerio se sostiene porque dentro de poco se lo tragará el mar”.
“A la muerte se llega vivos”, es una obviedad, pero como dice la expresión rural: “sante parole”. 







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